El hombre y su destino
Antonio Oliver plantea que el hombre no puede comprenderse únicamente desde lo que es, sino desde aquello que está llamado a llegar a ser. El futuro no es algo extraño que aparece desde fuera, sino una posibilidad que ya actúa en el interior del hombre y de toda la creación. El mundo no está terminado y el ser humano participa activamente en su desarrollo mediante su libertad, su creatividad y su capacidad de transformar la realidad. Por eso vivir significa avanzar, abandonar seguridades y aceptar que toda verdadera transformación exige una conversión permanente. La fe desempeña aquí un papel fundamental, no como aceptación pasiva de unas verdades, sino como fuerza creadora que permite imaginar y hacer posible aquello que todavía no existe. Incluso las crisis, el sufrimiento y la muerte forman parte de este dinamismo. Toda la creación se encuentra, en palabras de san Pablo, como con dolores de parto, atravesando continuamente lo que termina para hacer posible una realidad nueva.
Este camino conduce también a preguntarse de qué Dios hablamos. Oliver invita a desprenderse de las imágenes de un Dios juez, castigador o rival de la libertad humana para regresar al Dios revelado por Cristo. De Dios no conocemos su ser, sino aquello que Él mismo nos muestra al darse, y Dios que se da es Amor. Por eso cuanto más aprende el hombre a amar, entregarse y salir de sí mismo, más se acerca simultáneamente a Dios y a su propia plenitud. La resurrección aparece entonces como la clave última del destino humano. No es únicamente un acontecimiento que espera después de la muerte, sino una realidad que comienza ya cada vez que el hombre ama, perdona, crea, espera o se entrega. Nada vivido desde el amor se pierde. El destino del hombre y de toda la creación es alcanzar una plenitud que ya está creciendo silenciosamente en su interior, hasta que aquello que ahora vivimos de manera limitada encuentre su realización definitiva en Dios.
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