Las mitologías
El contenido del curso «Las mitologías» de Antonio Oliver surge de una idea central: el mito no es una historia falsa o una fantasía primitiva, sino una de las formas más profundas que ha creado la humanidad para comprenderse a sí misma y expresar aquello que la razón no alcanza a explicar. A través de los mitos, el ser humano ha dado forma a las grandes preguntas sobre el origen, Dios, la vida, la muerte, el amor, el tiempo, el destino o la libertad. Oliver recorre los grandes símbolos presentes en culturas y religiones —el cielo, el sol, la luna, el agua, el árbol, la tierra o la fertilidad— mostrando cómo cada uno nace de la observación de la naturaleza y termina convirtiéndose en una representación de la propia experiencia humana. Así, el sol simboliza la luz y la razón; la luna, el cambio, los ciclos, la fertilidad y la regeneración; y la naturaleza en su conjunto revela una existencia marcada por la transformación, la muerte y el renacimiento.
En el fondo, el recorrido por las mitologías acaba convirtiéndose en una antropología del ser humano: los mitos hablan de nosotros, de nuestra fragilidad, de nuestra necesidad de trascendencia y, sobre todo, de nuestra condición de seres abiertos e inacabados. El hombre se construye a través de sus decisiones y la libertad implica necesariamente abandonar seguridades, asumir riesgos, equivocarse y seguir avanzando hacia lo desconocido. Por eso los grandes relatos míticos siguen teniendo sentido en el mundo contemporáneo: la ciencia amplía nuestro conocimiento, pero no elimina las preguntas fundamentales sobre quiénes somos y qué sentido tiene nuestra existencia. Para Oliver, la verdadera sabiduría surge precisamente de integrar razón y pensamiento simbólico, conocimiento y misterio, entendiendo la vida como un proceso permanente de crecimiento y transformación. En este sentido, la mitología constituye el gran retrato que la humanidad ha ido construyendo de sí misma a lo largo de los siglos.
El curso de las mitologías se desarrolló en dos partes a lo largo de dos años.
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Primera parte
La primera parte del curso presenta la mitología como una de las grandes formas mediante las que la humanidad ha intentado comprenderse a sí misma. El mito no es una historia falsa ni una explicación primitiva destinada a desaparecer con el progreso de la razón: es un lenguaje capaz de expresar experiencias demasiado profundas para quedar encerradas en conceptos. Los grandes relatos y símbolos conservados por las culturas hablan del origen, de Dios, del amor, de la muerte, del tiempo, del miedo y de la esperanza, y constituyen una especie de memoria colectiva de la humanidad. Oliver muestra así que razón y mito no son enemigos: la razón explica, mientras que el símbolo permite aproximarse a dimensiones de la realidad que no pueden agotarse mediante una explicación racional.
Desde esta perspectiva, el curso recorre algunos de los grandes símbolos de las religiones antiguas —el cielo, el sol, la luna y las aguas— para descubrir la experiencia humana que permanece detrás de ellos. Incluso la creación de los dioses habla, en último término, del propio hombre: de sus límites, de su deseo de superar la muerte y de su permanente insatisfacción ante todo lo finito. Frente a Feuerbach, que interpreta a Dios como proyección de las aspiraciones humanas, Oliver da un paso más: precisamente la capacidad del hombre para imaginar y desear lo infinito revela que es un ser esencialmente abierto, nunca acabado y siempre orientado hacia algo que lo supera. Las mitologías se convierten así en una antropología: al hablar de los dioses, la humanidad lleva miles de años hablando de sí misma y de su misteriosa apertura hacia lo trascendente.
Segunda parte
La segunda parte del curso profundiza en el pensamiento simbólico y muestra que el símbolo no pertenece únicamente al hombre antiguo: forma parte de nuestra manera de conocer. La razón permite analizar la realidad, pero no consigue agotar su significado; por eso el hombre continúa recurriendo a imágenes y símbolos para expresar aquello que experimenta como misterio. A partir de esta idea, Oliver analiza símbolos universales como el árbol, la tierra, la fertilidad, el sacrificio, el pecado o la primavera, mostrando que detrás de ellos aparecen una y otra vez las mismas experiencias fundamentales: nacimiento y muerte, pérdida y regeneración, seguridad y libertad, destrucción y comienzo de una vida nueva.
Pero el gran símbolo termina siendo la propia existencia humana. El Éxodo, por ejemplo, deja de ser únicamente el relato de un pueblo que abandona Egipto: representa al hombre que debe renunciar a una seguridad que lo esclaviza para internarse en el desierto incierto de la libertad. Del mismo modo, la primavera expresa la posibilidad permanente de renacer y comenzar de nuevo. Oliver concluye que los mitos siguen siendo actuales porque la ciencia puede explicar cada vez mejor cómo funciona el mundo, pero no elimina las preguntas sobre qué significa vivirlo. La mitología conserva precisamente esas preguntas y revela al hombre como un ser libre, en transformación permanente y abierto al misterio: un ser que necesita símbolos porque ninguna explicación puede contener por completo el sentido de su existencia.
¡SER HOMBRE!
Abrumadora tarea; empeño agobiante. Porque siendo el hombre la punta luminosa donde la creación que conocemos se hace consciente, solo el hombre, que es consciente de sí mismo, llega a ser hombre. Ser consciente de si es imprescindible para atacar con garantías la tarea de lograrse. Pero ser consciente de sÍ conlleva inmediatamente una constatación inapelable: El ser consciente es consciente de ser muchísimas cosas de las que no tiene consciencia. El hombre, por muy consciente que sea, no es nunca consciente de todo lo que es. De donde se deduce que infinidad de las cosas que el hombre es, son imposibles de ser expresadas cientificamente. El saber cientifico y racional es incapaz de dar la fórmula del ser del hombre. El hombre, en contacto con las auroras primordiales de su aparición, y con el sudor de generaciones, acertó a decir lo que de sí sabía más allá de lo que racionalmente sabía. Esas cosas que el hombre sabe sin saber que las sabe, están depositadas para siempre en los relatos de las mitologías. La mitologías no son fórmulas prerracionales de un conocimiento crepuscular. Son las formulaciones en clave de lo eterno humano que late y palpita en todo hijo de Adán, más allá del pensamiento riguroso y estricto que, al pretender apresarlo, lo fija, lo paraliza, lo mata y, al final, lo expone altanero en sus museos de piezas cobradas, que previamente ha abatido. El ser y la vida no se dejan enjaular.Las mitologías abrieron de par en par todas las jaulas. Bandadas de pájaros salieron de ellas, raudos a la libertad. El problema está en saber ofrecerles la rama en que se posen. Entonces es cuando se hace la luz sobre las cosas.
P. Antonio Oliver
